El pulque de Juan / Bothé, Hidalgo

Recorriendo el estado de Hidalgo, en una estancia corta por el pintoresco pueblo de Tecozahutla, recorría sin prisa y sin rumbo definido una carretera que conecta con el pueblo vecino llamado Bothé. Era medio día y vislumbré un paisaje a lo lejos, aunque muy mexicano, nunca había visto algo parecido. Era un campo de magueyes, una hilera enorme con decenas de ellos en flor, es decir, con sus quiotes de más de cinco metros de altura en todo su esplendor. Es poco común ver un paisaje así, ya que los quiotes salen del centro del maguey cuando no ha sido extraído el aguamiel en los ocho o diez años que tarda en madurar el agave.  Néctar de los dioses que hace explotar el tallo de manera vertical,  como queriendo tocar el cielo, alcanzando los diez metros de altura justo cuando la planta está a punto de morir.

Seguí un camino de terracería que conducía a aquél maravilloso campo de agaves, me estacioné y bajé a caminar entre estas plantas endémicas, sentí su presencia milenaria y maravillado por sus formas y gran tamaño, comencé a hacer algunas fotos con emoción.

En esas andaba cuando ví aproximarse entre los magueyes a un señor recio aunque delgado, aparentemente serio, con sombrero, botas de trabajo y bigote de setenta y dos años según me contó más tarde.  Tan mexicano como la planta que nos rodeaba. Cargaba un bidón de plástico y un hermoso guaje con el que se extrae succionando, el aguamiel. No era difícil adivinar el propósito de su presencia. Así que me presenté tímidamente, intentando disculparme por mi intromisión pero no fue necesario dar muchas explicaciones, ya que su gesto amable y sonrisa franca hicieron que me sintiera bienvenido. ¿Qué otro nombre podía tener un hombre mexicano humilde, que no pobre, si no el de Juan? Juan Ramírez Mentado. En Hidalgo mucha gente tiene apellidos curiosos como el materno de Juan, y también hay quienes se apellidan Disciplina o Comunidad.

Después de unos minutos de conversación introductoria, Juan me invitó a ver cómo “raspaba”. Así se conoce a la tarea de recolectar el aguamiel, debido a que inmediatamente después de haber chupado el delicioso néctar cual colibrí ayudado del largo guaje, se raspa la pulpa con una espátula de metal para estimular el siguiente ciclo de secreción del delicioso líquido. Esto lo hacen cuatro veces al día, incluso a veces en las noches.  Así recorrimos cinco o seis de esos magueyes, pertenecientes todos a su terreno de varias hectáreas, donde tiene su casa y donde también planeó y construyó la casa de uno de sus hijos, en medio de la nada, o mejor dicho, de ese todo que implica aquel valle rodeado de montañas y cielos espectaculares.

Entusiasmado por la experiencia, le hice saber a mi anfitrión el deseo que tenía por probar el pulque que seguramente tenía recién fermentado en otros recipientes de su casa. Con sonrisa socarrona me aseguró que probaría el mejor pulque que hubiera bebido jamás. Y no se equivocó. Después de litro y medio, entre plática y plática, coincidimos en que el maguey me llamó, la planta prehispánica me sedujo con su belleza y propició el encuentro con Juan y con su excelso pulque.

A manera de colofón, agregaré que esta experiencia la tuve en julio del 2020, es decir, en el apogeo de la pandemia de coronavirus. Afortunadamente no se tocó el tema, y fuimos libres de miedos, prejuicios, y tampoco teníamos en mente el omnipresente número de contagios y muertes. Siempre mantuvimos la distancia física suficiente, aunque nuestro encuentro fue entrañable.

                                                                                      

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